2 Secretos Sobre El Servicio De Reanudación Que Nunca Se Ha Revelado En Los últimos 2 Años

Cuando el presente año toque a su fin […] lo que se ha escrito sobre la Revolución quedaría reducido a una novelette, algunos cuentos, una docena de poemas y centenares de ículos. A nadie se le ocurriría restar importancia a esa producción panorámica sobre la Revolución cubana. Ahora en, el libro orgánico, la historia de la Revolución, aún está por hacer.

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                       El Escriba (seudónimo de Virgilio Piñera).

 

Si Virgilio Piñera hablaba de la Revolución cubana en 1959, lógicamente se refería al complejo proceso anterior que había llevado a las fuerzas antibatistianas al poder. Hoy, en camo, «la Revolución» generalmente denota (de forma sintética y no necesariamente precisa) una etapa histórica que en muchos aspectos comienza con la huida de Batista y que se supone no ha terminado aún. Casi sesenta años más tarde, el proceso histórico iniciado el 1 de enero de 1959 ha recido tanta atención —académica y popular, dentro y fuera de la Isla— como cualquier otro acontecimiento en la historia americana contemporánea.

Incluso, como académicos que depends de las «ruedas del revisionismo» —al decir de Florencia Mallon (1999)—, no pods aceptar la propuesta de Piñera de que «la historia de la Revolución» quede plasmada en un libro «orgánico». Pero a pesar de la profusión de aciones acerca de ella, nuestro conocimiento sobre la historia social, cultural y política de la Cuba revolucionaria permanece fragmentada y, en varios aspectos, subdesarrollada. Durante años, los estudios sobre ella se han visto limitados por la escasez de fuentes primarias y las dificultades asociadas con el acceso a los archivos. Otro aspecto en contra ha sido la polarización política del campo historiográfico y el consecuente predominio de narrativas verticales enfocadas en grandes actores y sucesos (o, para algunos, «triunfos» o «fracasos») históricos. Hasta hace menos de diez años, dos destacados historiadores compían este diagnóstico. Os Zanetti Lecuona (2009) afirmó:

En más de un sentido, la Revolución cubana todavía está por historiar […] En una medida aún mayor que para la República, aquí las líneas interpretativas las dictan las convicciones políticas […] De ahí que sobre numerosos asuntos predomine lo testimonial y en otros el análisis aparezca viciado por la retórica. (95, 102)

Rafael Rojas (2008) opinaba básicamente lo mismo: «Cincuenta años es tiempo suficiente para que emerja una escuela historiográfica y, sin embargo, la Revolución cubana ece de estudios canónicos». Libros y ículos ados desde esas fechas no han resuelto la preocupación.

¿Cómo es posible que un campo historiográfico esté, al mismo tiempo, sobrepoblado y rezagado? ¿Cómo resolver una tensión evidente, aunque paradójica, entre la saturación ítica y la falta de profundidad investigativa? Las respuestas no fáciles, pero el reclamo de Piñera, apenas once meses después del Triunfo, sigue vigente:

Uno se pregunta: ¿Deó [la historia de la Revolución] estar esc ya? O por el contrario, ¿no ha hado tiempo material para escrirla? ¿Es que ecs del historiador adecuado? ¿Lo tens, pero según él, espera el ento oportuno? Este historiador, ¿tiene sus «reservas»? O si no las tiene, ¿encuentra que todavía no hay «perspectiva» para ponerse a escrir dicha historia? Si se escriera al fin, ¿quién sería más oportuno y servicial: el historiador de la vieja guardia o el de la nueva? Finalmente, ¿está a disposición del estudioso   de nuestra Revolución todo el material disponible sobre la misma? (El Escriba [Piñera], 1959: 2)

Estas palabras en podrían resumir algunas de las inquietudes que han motivado a un creciente número de jóvenes investigadores en los Estados Unidos a nuevas formas de historiar la Revolución. Nuevos estudios ponen sus miras en procesos, eventos, dinámicas, y sujetos humanos de la historia cubana contemporánea pasados por alto en crónicas previas. Tratan de ir más allá de la versión épica o ratoria y de la que es reflejo de una irremediable lusión. Procurando evitar la politización a priori, aunque sin reciar a las inevitables implicaciones políticas de sus interpretaciones, no necesariamente sueñan, como Piñera, con un consenso; apuestan por una historiografía que eniza la pluralidad y complementariedad de enfoques, se rige por estándares de profesionalismo y evidencia, y resiste las entelequias.

Este interés en la pluralidad de enfoques y experiencias no debe confundirse con un revoltijo ítico. De hecho, una preocupación clara de esta corriente historiográfica en los Estados Unidos es la búsqueda de lo que podríamos llamar —no sin evidente contradicción— un acercamiento «cubacéntrico» a la historia cubana post 1959. Esta no sería reconocible sin su relación de amor-odio con los Estados Unidos. Quizás por ello una de las áreas de mayor fortaleza en la historiografía sobre la Revolución es la que aborda el diferendo con Washington y su influencia en el rumbo del proceso a nivel nacional. Pero picularmente en la academia estadounidense —y hasta cierto punto en la cubana— existe la tentación de reducirla a ello. Tanto en lo simbólico como en lo ítico, ¿no sería esto, irónicamente, el equivalente a una rehegnización del poderío norteamericano para el estudio de un proceso político que quiso romper con ese legado?

En comparación, las dinámicas y políticas internas de la Revolución en el poder han recido menos atención académica, al menos hasta hace poco. Hay muchos análisis macropolíticos o macroeconómicos y estudios sobre la insurrección antibatistiana; pero más allá de ografías de figuras principales o libros de testimonio, y de los estudios literarios o sobre ciertos eventos singulares (como Playa Girón), el curso doméstico de la Revolución y sus consecuencias para los ciudadanos, habían sido relegados a un segundo plano. Hasta transformaciones y coyunturas trascendentales como la reforma agraria, la urbana, la eufemísticamente llamada Lucha contra Bandidos, la Ofensiva Revolucionaria, y la Zafra de los Diez Millones —para no hablar de varias dinámicas cotidianas, o de los años 70 y 80— todavía no tienen sus libros definitivos (Swanger, 2015). Mientras tanto, temas como relaciones de género, ualidad, raza, cultura popular, historia de las ciencias, legal, de la religión, amental, estuvieron pendientes de análisis más profundos hasta años recientes.[1]

Por ello, académicos emergentes pretenden enriquecer el conocimiento de facetas insuficientemente estudiadas de la sociedad cubana después de 1959, como las operaciones del Estado revolucionario en el escenario nacional, más allá del accionar y las palabras de sus líderes. A través de las herramientas de la historia cultural —entendida en el más amplio sentido del término—, procuran recuperar la heterogeneidad y las contradicciones de los procesos políticos y sociales, iniciados por la Revolución en el poder.[2] Sobre todo, tratan de enizar, cuando las fuentes lo permiten, los significados e impactos de estos acontecimientos para la gente común y sus experiencias concretas.

Obviamente, el conflicto con los Estados Unidos, así como los altibajos de la relación con la Unión Soviética, condicionaron en gran medida la eza y el alcance de las políticas económicas del país; la cultural y la científica tamén se vieron afectadas por cierta sovietización de referentes y estructuras. Pero aquí no se trata de proponer una visión aislacionista o puramente local de la nación, sino de revertir la tendencia de privilegiar la historia diplomática o macropolítica sobre otros enfoques. En algunos espacios de la academia estadounidense todavía cuesta ver a la Cuba revolucionaria como algo más que una ficha en las relaciones hemisféricas, o una fuente de apoyo, inspiración o tr para actores políticos en otras tierras. Nos inbe volver a la esencia: una isla que desde 1959 se convirtió en escenario de transformaciones, camos, vivencias y conflictos sin precedentes para su población.

Tampoco la nueva historiografía representa una ruptura total con tendencias del pasado. Autores fundacionales de la «cubanología» estadounidense como Ric Fagen (1968), o las investigaciones minuciosas de Os Lewis y su equipo entre 1969 y 1970 sobre expobladores de barrios marginales (Lewis et al., 1977; Butterworth, 1980) siguen siendo fuentes de inspiración, precisamente porque intentaban izar los camos en Cuba desde la base.[3] Igualmente importante sería mencionar una larga lista de cubanos radicados en los Estados Unidos a pir de 1959, quienes siempre reconocieron la importancia de izar investigaciones serias sobre una revolución que, por decisión peral o familiar, los había llevado a vivir a otro país, y cuyos textos siguen siendo de obligada referencia.[4] Si en distintas corrientes de la llamada «cubanología» enfrentaron periódicos embates desde la Isla, a veces con razón (García, 1988), los «cubanólogos», cubanoamericanos o no, fueron pioneros en insistir en la necesidad de tender puentes de diálogo y cooperación con contrapes en Cuba. Es ese un ejemplo que los nuevos historiadores tratan de repli tamén.

Más importante aún sería reconocer que lo que puede parecer un acercamiento amente «cubacéntrico» desde los Estados Unidos, puede parecer todo lo contrario para lectores y académicos en la Isla. En la medida en que impongamos enfoques temáticos que no compan, ¿no corrers el riesgo de enizar asuntos que nos importan a nosotros, desde nuestras subjetividades y experiencias foráneas, y no tanto a los protagonistas de la historia que pretends estudiar? Por otro lado, si el tema Estados Unidos-Cuba ya no está tan «de moda» para algunos en la academia estadounidense, ¿será la respuesta a preocupaciones historiográficas genuinas, o un reflejo de una época (la de Obama) cuando el conflicto parecía cerrarse, y por tanto, parecía posible, y hasta conveniente, vender la idea de que la historia de la Revolución no lo debía tener como único eje? Sin embargo, hay que reconocer que el opuesto tamén se impuso como verdad: en los Estados Unidos, el fervor de la «obamamanía» y el «17D» reforzó la tendencia de entender la historia cubana únicamente a través del prisma de la estadounidense.[5]

Sea como fuere, luego de registrar estos precursores y riesgos, todavía tendríamos que concluir que la historiografía sobre la Revolución en el poder era en muchos sentidos deficiente hasta 2008; ecía de hondura, independientemente del esquema o enfoque ítico aplicado.

Nuevas aproximaciones al triángulo Washington-Habana-Moscú siguen y seguirán apareciendo (LeoGrande y Kornbluh, 2014), y tamén se ha azado bastante en la investigación sobre la política exterior cubana en América Latina, África, y otros continentes. Pero existen, comparativamente, pocos estudios acerca de las transformaciones sociales y políticas en la Cuba post 59, tanto dentro como fuera de las academias cubana y estadounidense.

Imposible comentar esta relativa ausencia de investigaciones sin referirse a las fuentes, pues, retomando a Piñera (El Escriba, 1959), no está «a disposición del estudioso de nuestra Revolución todo el material disponible sobre la misma» (2). Para consultar la doentación relete, muchas veces se necesita permisos especiales. Otros, propios de los distintos ministerios —especialmente los que tienen que ver con la seguridad interna—, no están (salvo raras excepciones) disponibles para investigadores o no han sido entregados a los archivos públicos del país, como dispone la Ley de Archivos (DNSLARC 265/2009, de 10 de abril). Como consecuencia, se ha reforzado la tendencia a depender de doentos estadounidenses, en especial gubernamentales.

El problema de las fuentes tamén puede expli por qué, en los estudios que adoptan una mirada más «cubacéntrica» —dentro y fuera de los Estados Unidos—, predominan los acercamientos a la literatura, las es y la historia intelectual.[6] Es más fácil consultar una novela olvidada, o un ensayo ado en algún periódico recóndito, o incluso una ca da, que un informe de un ministerio o un expediente laboral, especialmente cuando la obra, la correspondencia o las mrias de muchos intelectuales ya se han ado.[7] Esta línea de trabajo ha sido valiosísima, puesto que las fuentes literarias tamén pueden nutrir las investigaciones sobre temas sociales; pero la historia cultural —aquí sí de las es y las ideas— de la época revolucionaria no necesariamente debe contar con una bliografía más activa que otras ramas.[8]

Tal vez la deficiencia de estudios sobre procesos políticos y sociales internos de la Revolución tamén refleja un ciclo que ahora comienza a cerrarse. A pir de los 90, los historiadores, cubanos, estadounidenses y de otras latitudes, empezaron a rexaminar las entrañas de esa República que los cubanos habían dejado atrás en 1959, y cuyos fantasmas, al menos algunos de ellos (el dólar, la impronta del turismo, la gualdad, los inversores extranjeros) reaparecían en el escenario nacional. No rechazaron por completo las interpretaciones canónicas que enizaban la dependencia económica, la corrupción o la fuerza del poder neocoal en la Cuba de «generales y es»; sin embargo, prestaron más atención a los matices de la vida cotidiana, a las gestiones de los cubanos en contextos adversos, a las movilizaciones populares olvidadas, a los caminos no elegidos, y al fuerte nacionalismo que persistió a pesar de todo. Lo pudieron hacer sin tener mucho más acceso a doentación oficial, puesto que los archivos de los goernos reanos tamén están dispersos o desaparecidos. ¿Acaso esto no fue tamén una manera indirecta de empezar a re-historiar la Revolución? En la medida en que esas crónicas matizaban una narrativa hegemónica sobre ese período, ¿no insinuaban la necesidad de matizar nuestra visión sobre lo que vino después?[9]

No sorprende, entonces, que algunos de los protagonistas, en la academia estadounidense, de una historia crítica de la República —por ejemplo, Louis A. Pérez, r., Alejandro de la Fuente, Lillian Guerra (todos, dicho sea de paso, de origen cubano)— hayan terminado incursionando en la historia de la Revolución;[10] tampoco que muchos de los que empiezan a publi en los Estados Unidos sobre ese tema hayan sido alumnos de ellos. Su ejemplo de colaboración con colegas en la Isla —aun en tiempos adversos, como los de George W. Bush, o los actuales— ha sido el más cercano referente, y nos ha enseñado cómo debe ser la academia: una red de parentescos y relaciones recíprocas, siempre aerta a nuevos miembros, no un gremio de elegidos que reproducen una sola «escuela» de pensamiento.

Hoy se podría estar engendrando nuevamente una especie de simosis transnacional. Tal como en los 90 y los 2000, cuando un impulso hacia la historia crítica de la República unió (y sigue uniendo) a historiadores de las dos orillas, la emergente historiografía estadounidense sobre la Revolución tamén se nutre de una energía paralela en la academia y la cultura insulares.[11]

En los Estados Unidos, los esfuerzos ya empiezan a dar frutos. Ello se ve claramente en una serie de estudios recién ados, todavía en el horno de las casas editoriales, o en fase de elaboración como tesis ales. Todos resultado de investigaciones minuciosas izadas en Cuba y con fuentes de otros países. La siguiente lista no es exhaustiva, pero sí ofrece suficiente evidencia de que, como en Cuba, la historiografía que se desarrolla en los Estados Unidos sobre la Revolución se encuentra en un ento favorable:

Tesis ales:

Estos estudios tendrán sus méritos y deméritos; no estarán exentos de generar polémica, y tal vez alguno parecerá imponer maneras bastante «estadounidocéntricas» de pensar. Sigue existiendo una evidente tensión en torno a un acercamiento supuestamente «cubacéntrico» desarrollado fuera de Cuba, así como el riesgo de que se interprete como injustificada (o incluso cuasi imperial) imposición; pero me consta que, en idad, la línea entre tendencias íticas, ya no es tan nítida como antes. Es más, el hecho de que algunos de los investigadores citados nacieran y/o se eduan en Cuba, o sean descendientes de cubanos emigrados, o picipen en espacios académicos en la Isla, complejiza aún más la noción de una absoluta división.

En la lista anterior se destaca la amplia gama de temas cuertos, la amción de los investigadores involucrados, y la conformación de un nuevo grupo de historiadores en los Estados Unidos para el cual la historia de la Revolución cubana va más allá de sus implicaciones para la geopolítica. Algunos han logrado integrar el «antes» y el «después» en un estudio, para trazar continuidades, no rupturas. Me gustaría pensar que estas y otras líneas de investigación podrían ser mutuamente reforzantes con las que se están desarrollando en Cuba. No sabs, sin embargo, cómo se recibe en la Isla esta nueva producción historiográfica, y cómo se intercala con los trabajos en curso de académicos allí.[12]

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Quiero señalar algunas dificultades, prácticas e interpretativas, que enfrentan tanto investigadores estadounidenses (o extranjeros en general) como cubanos para historiar la Revolución «desde dentro». Tomo como inspiración el inventario de «cinco problemas» y «seis necesidades básicas» para «investigar la Revolución cubana» de Fernando Mínez Heredia (2018). Compo mucho de lo que él señala, aunque trataré de identifi una serie de problemáticas complementarias.

 

A pesar de la constitución de redes transnacionales de colaboración y apoyo, todavía hay dificultades para la circulación del conocimiento —no solamente sobre la Revolución, sino sobre la historia cubana general. Conseguir libros ados en Cuba sigue siendo difícil para el investigador extranjero, a no ser que viaje a la Isla; mientras que para los cubanos conseguirlos aparecidos en los Estados Unidos u otro país, muchas veces requiere que alguien sirva de mensajero. Les resulta igualmente espinoso acceder a revistas especializadas extranjeras (muchas bajo subscripción digital). Además, pocas veces lo que se a en Cuba se traduce para un mercado angloparlante, y viceversa.

Si hablamos de circulación de conocimiento en sentido amplio, habría tamén que señalar los estorbos para viajar por motivos de investigación. Para los estadounidenses, descifrar los procesos para solicitar una visa académica, o pedir el aval de una institución cubana correspondiente, era fuente de bastante preocupación y confusión hace algunos años, en especial cuando el tema se relacionaba con la historia de la Cuba revolucionaria. Ha hado claros aces en ese sentido, como muestran las aciones citadas, y el asesoramiento y apoyo prestados por distintas instituciones cubanas que las hicieron posible (Instituto de Historia de Cuba, Casa de las Américas, Instituto uan Marinello, entre otras). Pero sigue siendo difícil averiguar —especialmente para el novato— cuáles las que pueden tramitar solicitudes de visa directamente en las oficinas de Inmigración y Extranjería; cuáles tienen que hacerlo a través del CITMA o el MINREX; cuál es el tiempo requerido en cada caso; y cuándo y por qué los procedimientos pueden camar.

Por otro lado, para los cubanos, conseguir visas y financiamiento para emprender una investigación en archivos estadounidenses constituye un reto todavía de mayor magnitud, especialmente después de que el goerno de los Estados Unidos decidiera no procesar más visas en su embajada en La Habana.

Desafortunadamente, hasta que tengamos relaciones diplomáticas y comerciales normales entre ambos países, es difícil concer soluciones definitivas a estos inconvenientes. Pero sí pods renovar nuestro compromiso como académicos de abogar por el libre intercamo de ideas y textos, u ofrecer apoyo a un colega en la tramitación de una u otra solicitud.

 

Si una historiografía más «cubacéntrica» sobre el período revolucionario ha azado en años recientes, ha sido gracias a una revisión minuciosa de la prensa, la ayuda de académicos, instituciones, blioteios y archivistas solidarios, así como al uso de colecciones das e historias orales. Algunos colegas han conseguido entrar a dos o tres archivos provinciales o ministeriales, con valiosas fuentes que nadie había consultado. Hay varias iniciativas en marcha —entre instituciones como la Biblioteca Nacional osé Mí, el Instituto de Historia de Cuba, y universidades estadounidenses como UCLA— para facilitar el acceso digital a fuentes periodísticas post 59. Asimismo, hay que reconocer que las fuentes, gubernamentales y no, de los Estados Unidos pueden abastecer el estudio no de sus relaciones con Cuba, sino tamén de otros temas relacionados con la vida interna del país. A fin de cuentas, Washington y otros actores interesados pretendían monitorear con bastante intensidad lo que pasaba dentro de la Isla. La doentación generada en ese sentido puede ser muy útil, aunque hay que estudiarla con ojo crítico.[13]

Pero si la historiografía ha de progresar, el mayor reto sigue siendo cómo optimizar y actualizar los mecanismos para preservar, organizar, y acceder a los archivos de distintas instituciones estatales cubanas, de acuerdo con normas internacionales. Estas incluyen excepciones para doentación especialmente frágil o relacionada con cuestiones de seguridad nacional, pero tamén recomiendan mecanismos para solicitar la desclasificación de doentos sobre cualquier tema (Macle Cruz, para publi en 2019).

 

Acceder a los archivos oficiales es importante no para tener una mayor comprensión del trabajo de distintas instituciones del Estado. Para cualquier sociedad, pero en especial una socialista en la que aquel ha sido, por muchos años, omnipresente, tamén puede ser una manera de acceder indirectamente a las experiencias del ciudadano común. Evidencias doentales de estas pueden revelar mucho al historiador. La historia de una revolución debe ser, en gran medida, la de peras que la vivieron desde las bases, y sin el acceso a la doentación necesaria, sus historias se pierden.

 

En las historias que se han escrito acerca de la Cuba revolucionaria, los temas sobre los años 60 han sido mayoría. Es , pues fue la década de los camos y transformaciones más radicales, y de las luchas intestinas por consolidar y definir el rumbo del proyecto y sistema políticos de la nación. Pero más temprano que tarde, un mayor número de historiadores tendrán que interesarse por los años 70, los 80, y más allá. Algunos ya lo están intentando (Fornet, 2014; Kirk et al., 2018).

 

La tendencia de reducir Cuba a La Habana es algo que lastra la historiografía, especialmente la producida en los Estados Unidos. Pero salvo algunos trabajos sobre el llamado «bandidismo» en distintas regiones, durante los 60 (García González, 1998; Swanger, 2015), conozco pocos estudios que intentan abordar la Revolución como un proceso que tuvo un impacto regionalmente diferenciado.[14]

 

Los dos últimos puntos me lle a una reflexión más epistlógica, en paralelo con algo que Mínez Heredia tamén notaba en su texto «¿Cómo investigar la Revolución cubana?». En la esfera pública cubana se habla de «la Revolución» como algo singular y vigente. Pods recordar aquella famosa frase de Fidel Castro (1968), cuando sentenció —durante la conmración del centenario del 10 de Octubre— que «en Cuba ha hado una sola revolución». Sin embargo, cabe preguntar si lo que tiene sentido como discurso político corresponderá siempre a las necesidades o los resultados de la investigación académica. ¿Es mente «la Revolución» algo inmutable?

Esta no es una polémica nueva. En un ento, esa idea de Fidel y las tesis académicas derivadas de ella, se disputaban con otra escuela de pensamiento que argumentaba que la Revolución, después de 1959, había pasado por dos fases iniciales (Quinn, 2007; Rojas, para publi en 2019). Pero más allá del debate teórico, ¿no es obvio que la Revolución de 1959 no fue del todo la misma que la de 1968, o que la de 1989?; ¿o que la Revolución en Pinar del Río no se desarrolló necesariamente igual que en Santiago de Cuba? Trazar las continuidades y los camos, y sa conclusiones interpretativas de este ejercicio, sigue siendo una de las tareas persistentes y básicas que enfrenta el investigador.

 

La Revolución cubana, en su versión de única o de múltiples, fue conceda como un proceso emancipatorio. Aun el observador más cínico tendría que concluir que, al menos en algunos entos, o para algunos sectores y ciudadanos, lo fue. Pero la Revolución tamén se iba construyendo, tras los años 60, sobre una concepción de quiénes no cabían en ella, o quiénes se habían apado de su línea de pensamiento o acción. Bien sea por razones de una creencia política determinada, antecedentes clasistas, o por motivos de orientación ual, ciertos ciudadanos no reunían los parámetros del revolucionario «ideal», tal como fue imaginado en distintos entos. ¿Cuáles fueron las consecuencias de estos procesos y discursos de «parametración»? ¿Cómo hacer un balance entre las dinámicas de inclusión social que la Revolución hizo posible y los procesos que relegaron a algunos cubanos a sus márgenes o que los motivaron a emigrar? Aquí rozamos con algunos de los episodios más delicados y polémicos de la historia de la Revolución. Pero si somos honestos, tens que enfrentarlos con franqueza, sin titubeos, y con la doentación oficial correspondiente.

 

Si toda interpretación histórica es un ejercicio de mria que tiene implicaciones políticas en el presente, lo es aún más cuando el proceso izado está teóricamente vigente, y cuando pe de sus protagonistas (y el sistema político creado por ellos) existen todavía. Por lo tanto, por más que nos esforcs en ser objetivos, o estar aertos a la complementariedad de distintos enfoques, historiar la Revolución cubana sigue siendo un trabajo ideológica y políticamente complejo. Esto se debe, en pe, a la manera en que la historia misma fue fundamental para el proyecto revolucionario desde su génesis. Según Louis A. Pérez, r. (2013), los barbudos no tomaron el poder, sino que «se apropiaron de la historia». «Primordial para la afirmación de la autenticidad histórica [del proyecto] fue la proposición de que la revolución triunfante representaba la culminación de un proceso cuyos antecedentes remitían al siglo xix» (238).

Hoy en día, defender «la Revolución» tamén implica defender una visión de esa trayectoria, así como cierta evaluación básica de lo que ocurrió posteriormente. En este contexto, ¿historiarla según los parámetros antes elaborados implica necesariamente ir en contra de un relato consagrado como mito? ¿Cuestionar las entelequias convierte necesariamente al historiador en un sujeto políticamente suspicaz? ¿Indagar no sobre los éxitos sino tamén sobre las zonas amargas de la historia significa necesariamente comulgar con «el enemigo»? Y, en nuestro caso —los investigadores extranjeros o los de la diáspora cubana—, ¿corrs el riesgo de imponer nuestros propios criterios y frustraciones, o ser selectivos a nuestra propia manera, y así distorsionar la verdad?

En teoría, el trabajo del historiador no debe ser influenciado por el contexto en que vive ni su manera de pensar. Pero vivimos en un mundo e ir a la vez, donde no pods refugiarnos en la fantasía de un o positivismo, y la objetividad y la verdad —si alguna vez fueron alcanzables— muchas veces se revelan como ficciones convenientes. Para los cubanos, sigue siendo difícil concer la historia de la Revolución como pasatiempo escolástico. Es, como diría Moreno Fraginals (1966: 21), un arma en el presente. Como historiadores, el profesionalismo, la evidencia, y el análisis de una diversidad de fuentes y perspectivas tienen que seguir siendo nuestros balues. Pero hs de reconocer que, nos guste o no, tamén nuestras historias serán armas de lucha.

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